Mitos y Leyendas guatemaltecas

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jueves, 22 de diciembre de 2011

La Cripta del Monje

Fray Francisco Ximénez, uno de los cronistas más importantes de la Orden Dominicana, fue sepultado en una de las criptas ubicadas dentro del convento de Santo Domingo, esto según el libro de defunciones de la Orden.

Su cripta fue localizada en 1995 y al ubicar dichas criptas se pudo confirmar que se trataba de un pequeño recinto con estilo funerario, con dos entradas y en donde localizaron alrededor de 36 personas, entre ellas niños, adultos y ancianos.

Cuenta la historia que fue un gran conocedor de los diferentes idiomas indígenas. Fue párroco de la iglesia de Chichicastenango y además allí fue en donde encontró el original del libro sagrado de los mayas "El Popol Vuh". Al Fray Ximénez se le atribuye la primera traducción de este libro tan importante para la cultura guatemalteca.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

La Leyenda del Perro y Kakasbal



Cuenta la leyenda que había un hombre que siempre vivía de mal humor y nunca perdía la ocasión de maltratar a su perro, quien era muy infeliz.

Un espíritu del mal, llamado Kakasbal, observó la situación y detectó que podía sacar mucho provecho de esto y de la rabia que seguramente sentía el perro contra el hombre. Por lo que un día se le apareció al perro y entablaron esta conversación:

Kakasbal: ¿Te veo triste, te sucede algo?

Perro: Cómo no voy a estarlo si mi amo me pega y me maltrata cada vez que puede.

Kakasbal: Los he estado observando y sé que te trata muy mal. ¿Por qué no lo abandonas?

Perro: Porque él es mi amo y debo serle fiel.

Kakasbal: Pero si necesitas ayuda, yo podría ayudarte a escapar.

Perro: No. Nunca lo abandonaré.

Kakasbal: Pero nunca va a valorar tu fidelidad. Ni si quiera te lo va a agradecer.

Perro: Pero siempre le seré fiel.

Kakasbalcontinúo insistiendo por un largo rato, por lo que el perro decidió quitárselo de encima diciéndole:

Perro: Me has convencido. ¿Qué debo hacer?

Kakasbal: Es muy fácil, solo debes entregarme tu alma.

Perro: ¿Que obtendré si te la doy?

Kakasbal: Lo que tu desees.

Perro: Entonces quiero que me des un hueso por cada pelo de mi cuerpo.

Kakasbal: Está bien, acepto.

Perro: Entonces empieza a contar.

Kakasbalempezó a contar los pelos del perro pero cuando llego a la cola el perro recordó la fidelidad que debía a su amo y pegó un salto, haciendo que Kakasbalperdiera la cuenta.

Kakasbal: ¿Por qué te mueves?

Perro: Las pulgas hacen que me dé comezón y no puedo dejar de moverme. Vuelve a empezar.

Kakasbal tuvo que empezar una y otra vez, hasta llegar a cien veces. Al fin Kakasbal dijo:

No cuento más. Me has engañado pero me has dado una lección. Ahora sé que es más fácil comprar el alma de un hombre que el alma de un perro.

miércoles, 29 de junio de 2011

El perro y Kakasbal

Un hombre era tan pobre que siempre estaba de mal humor y así no perdía la ocasión de maltratar a un infeliz perro que tenía.

Kakasbal [espíritu del mal], que está en todo, vio que podía sacar partido de la inquina que seguramente el perro sentía contra su amo y así se le apareció y le dijo:

Ven acá y dime qué te pasa, pues te veo triste.

Cómo no he de estarlo si mi amo me pega cada vez que quiere— respondió el perro.

Yo sé que es de malos sentimientos. ¿Por qué no lo abandonas?

Es mi amo y debo serle fiel.

Yo podría ayudarte a escapar.

Por nada le dejaré.

Nunca agradecerá tu fidelidad.

No importa, le seré fiel.

Pero tanto insistió Kakasbal que el perro, por quitárselo de encima, le dijo:

Creo que me has convencido dime, ¿qué debo hacer?

Entrégame tu alma.

¿Y qué me darás a cambio?

Lo que quieras.

Dame un hueso por cada pelo de mi cuerpo.

Acepto.

Cuenta, pues...

Y Kakasbal se puso a contar los pelos del perro pero cuando sus dedos llegaban a la cola, éste se acordó de la fidelidad que debía a su amo y pegó un salto y la cuenta se perdió.

¿Por qué te mueves?— le preguntó Kakasbal.

No puedo con las pulgas que me comen día y noche. Vuelve a empezar.

Cien veces Kakasbal empezó la cuenta y cien veces tuvo que interrumpirla porque el perro saltaba. Al fin Kakasbal dijo:

No cuento más. Me has engañado pero me has dado una lección. Ahora sé que es más fácil comprar el alma de un hombre que el alma de un perro.

miércoles, 22 de junio de 2011

Juan Tul y La Ardilla

Cierta vez el conejo Juan Tul sostenía con las manos el techo de una cueva.

Pasó la ardilla, se detuvo y al verlo en tal apuro le dijo:

¿Qué haces Juan Tul?

Ya lo ves, sostengo el techo de esta cueva.

¿Estarás cansado?

Mucho.

Si quieres yo te ayudaré.

Me harás un favor porque te digo que ya no puedo más.

La ardilla tomó el lugar de Juan Tul y allí se estuvo horas de horas hasta que cayó en la cuenta de que se trataba de una broma. Bajó las manos y salió de la cueva.

A los pocos día encontró a Juan Tul y le dijo:

Me engañaste con eso de la cueva.

Juan Tul, haciéndose el sorprendido, le contestó:

Jamás he estado en la cueva que dices. Llevo meses en este zacatal. Por cierto, estoy que me muero de cansancio. ¿Por qué no me das una mano?

Con mucho gusto, respondió la ardilla

Juan Tul le echó encima los hatos más grandes de zacate y escapó. La ardilla se rindió bajo el peso y como pudo se escurrió y luego pensó: "Otra vez me engañó Juan Tul".

En un camino volvió a encontrar a Juan Tul y le dijo:

Ya no me engañarás más, Juan Tul. Con este bejuco te voy a dar una paliza.

¡Qué cosas dices! Desde niño vivo junto a este árbol. Jamás me he alejado de él. No sé, la verdad, no sé de qué me hablas.

De todas maneras te tengo que castigar.

¿Y por castigarme así, vas a despreciar las piñuelas que están allí?

¿Dónde?

¿No las ves, tonta? ¡Allí, a la orilla del camino!

Y mientras la ardilla buscaba las piñuelas, Juan Tul desapareció.

Una tarde, la ardilla tropezó con Juan Tul y le dijo:

Oye, Juan Tul...

Yo no soy Juan Tul. Yo acabo de salir del bosque que está del otro lado del camino.

Entonces ¿me darás un poco de agua? ¡Vengo sedienta de tanto correr!

¡Claro que sí! Aquí tienes mi calabazo lleno de agua. Bebe hasta la última gota, si quieres.

Sedienta como estaba, la ardilla bebió de golpe todo el contenido del calabazo y cuando tomó aliento cayó de bruces. Lo que había tomado era aguardiente. Entonces Juan Tul, muerto de risa, le dijo:

Vieja borracha, ahora alcánzame si puedes. Y echó a correr.

martes, 14 de junio de 2011

El Hombre Que Vendió Su Alma

Cierta vez un hombre bueno pero infeliz decidió salir de apuros vendiendo su alma al diablo.
Invocó a Kizín y cuando lo tuvo delante le dijo lo que quería. A Kizín le agradó la idea de llevarse el alma de un hombre bueno.
A cambio de su alma el hombre pidió siete cosas una para cada día. Para el primer día quiso dinero y en seguida se vio con los bolsillos llenos de oro. Para el segundo quiso salud y la tuvo perfecta. Para el tercero quiso comida y comió hasta reventar. Para el cuarto quiso mujeres y lo rodearon las más hermosas. Para el quinto quiso poder y vivió como un cacique. Para el sexto quiso viajar y, en un abrir y cerrar de ojos, estuvo en mil lugares.
Kizín le dijo entonces:
-Ahora ¿qué quieres? Piensa en que es el último día.
-Ahora sólo quiero satisfacer un capricho.
-Dímelo y te lo concederé.
-Quiero que laves estos frijolitos negros que tengo, hasta que se vuelvan blancos.
-Eso es fácil- dijo Kizín.
Y se puso a lavarlos, pero como no se blanqueaban, pensó: "Este hombre me ha engañado y perdí un alma. Para que esto no me vuelva a suceder, de hoy en adelante habrá frijoles negros, blancos, amarillos y rojos".

miércoles, 8 de junio de 2011

Ahora que me acuerdo...

Los Güegüechos de gracia José y Agustina, conocidos en el pueblo con los
diminutivos de Don Chepe y la Niña Tina hacen la cuenta de mis años con granos de maíz,
sumando de uno en uno de izquierda a derecha, como los antepasados los puntos que
señalan los siglos en las piedras. El cuento de los años es triste. Mi edad les hace
entristecer.
—El influjo hechicero del chipilín —habla la Niña Tina— me privó de la conciencia
del tiempo, comprendido como sucesión de días y de años. El chipilín, arbolito de
párpados con sueño, destruye la acción del tiempo y bajo su virtud se llega al estado en que
enterraron a los caciques, los viejos sacerdotes del reino.
—Oí cantar —habla Don Chepe— a un guardabarranca bajo la luna llena, y su trino
me goteó de mielita hasta dejarme lindo y transparente. El sol no me vido y los días
pasaron sin tocarme. Para prolongar mi vida para toda la vida, alcancé el estado de la
transparencia bajo el hechizo del guardabarranca.
—Es verdad —hablé el último—, les dejé una mañana de abril para salir al bosque a
caza de venados y palomas, y, ahora que me acuerdo, estaban como están y tenían cien
años. Son eternos. Son el alma sin edad de las piedras y la tierra sin vejez de los campos.
Salí del pueblo muy temprano, cuando por el camino amanecía sobre las cabalgatas.
Aurora de agua y miel. Blanca respiración de los ganados. Entre los liquidámbares
cantaban los cenzontles. La flor de las verbenas quería reventar.
Entré al bosque y seguí bajo los árboles como en una procesión de patriarcas. Detrás
de los follajes clareaba el horizonte con oro y colores de vitral. Los cardenales parecían las
lenguas del Espíritu Santo. Yo iba viendo el cielo. Primitivo, inhumano e infantil, en ese
tiempo me llamaban Cuero de Oro, y mi casa era asilo de viejos cazadores. Sus estancias
contarían, si hablasen, las historias que oyeron contar. De sus paredes colgaban cueros,
cornamentas, armas, y la sala tenía en marcos negros estampas de cazadores rubios y
anima les perseguidos por galgos. Cuando yo era niño, encontraba en aquellas estampas
que los venados heridos se parecían a San Sebastián.
Dentro de la selva, el bosque va cerrando caminos. Los árboles caen como moscas en
la telaraña de las malezas infranqueables. Y a cada paso, las liebres ágiles del eco saltan,
corren, vuelan. En la amorosa profundidad de la penumbra: el tuteo de las palomas, el
aullido del coyote, la carrera de la danta, el paso del jaguar, el vuelo del milano y mi paso
despertaron el eco de las tribus errantes que vinieron del mar. Aquí fue donde comenzó su
canto. Aquí fue donde comenzó su vida. Comenzaron la vida con el alma en la mano. Entre
el sol, el aire y la tierra bailaron al compás de sus lágrimas cuando iba a salir la luna. Aquí,
bajo los árboles de anona. Aquí, sobre la flor de capulí...
Y bailaban cantando:
“¡Salud, oh constructores, oh formadores! Vosotros veis. Vosotros escucháis.
¡Vosotros! No nos abandonéis, no nos dejéis, ¡oh, dioses!, en el cielo, sobre la tierra,
Espíritu del cielo, Espíritu de la tierra. Dadnos nuestra descendencia, nuestra posteridad,
mientras haya días, mientras haya albas. Que la germinación se haga. Que el alba se haga.
Que numerosos sean los verdes caminos, las verdes sendas que vosotros nos dais. Que
tranquilas, muy tranquilas estén las tribus. Que perfectas, muy perfectas sean las tribus.
Que perfecta sea la vida, la existencia que nos dais. ¡Oh, maestro gigante. Huella del
relámpago, Esplendor del relámpago, Huella del Muy Sabio, Esplendor del Muy Sabio,
Gavilán, Maestros-magos, Dominadores, Poderosos del cielo, Procreadores,
Engendradores, Antiguo secreto, Antigua ocultadora, Abuela del día, Abuela del alba!...
¡Que la germinación se haga, que el alba se haga!”

Y bailaban, cantando...
“¡Salve, Bellezas del Día, Maestros gigantes, Espíritus del Cielo, de la tierra, Dadores
del Amarillo, del Verde, Dadores de Hijas, de Hijos! ¡Volveos hacia nosotros, esparcid el
verde, el amarillo, dad la vida, la existencia a mis hijos, a mi prole! ¡Que sean
engendrados, que nazcan vuestros sostenes, vuestros nutridores, que os invoquen en el
camino, en la senda, al borde de los ríos, en los barrancos, bajo los árboles, bajo los
bejucos! ¡Dadles hijas, hijos! ¡Que no haya desgracia ni infortunio! ¡Que la mentira no
entre detrás de ellos, delante de ellos! ¡Que no caigan, que no se hieran, que no se
desgarren, que no se quemen! ¡Que no caigan ni hacia arriba del camino, ni hacia abajo del
camino! ¡Que no haya obstáculo, peligro, detrás de ellos, delante de ellos! ¡Dadles verdes
caminos, verdes sendas! ¡Que no hagan ni su desgracia ni su infortunio vuestra potencia,
vuestra hechicería! ¡Que sea buena la vida de vuestros sostenes, de vuestros nutridores ante
vuestras bocas, ante vuestros rostros, oh Espíritus del Cielo, oh Espíritus de la Tierra, oh
Fuerza Envuelta, oh Pluvioso, Volcán, en el Cielo, en la Tierra, en los cuatro ángulos, en
las cuatro extremidades, en tanto exista el alba, en tanto exista la tribu, oh dioses!”
Y bailaban cantando.
Oscurece sin crepúsculo, corren hilos de sangre entre los troncos, delgado rubor aclara
los ojos de las ranas y el bosque se convierte en una masa maleable, tierna, sin huesos, con
ondulaciones de cabellera olorosa a estoraque y a hojas de limón.
Noche delirante. En la copa de los árboles cantan los corazones de los lobos. Un dios
macho está violando en cada flor una virgen. La lengua del viento lame las ortigas. Bailes
en las frondas. No hay estrellas, ni cielo, ni camino. Bajo el amor de los almendros el barro
huele a carne de mujer.
Noche delirante. Al rumor sucede el silencio, al mar el desierto. En la sombra del
bosque me burlan los sentidos: oigo voces de arrieros, marimbas, campanas, caballerías
galopando por calles empedradas; veo luces, chispas de fraguas volcánicas, faros,
tempestades, llamas, estrellas: me siento atado a una cruz de hierro como un mal ladrón;
mis narices se llenan de un olor casero de pólvora, trapos y sartenes. Al rumor sucede el
silencio, al mar el desierto. Noche delirante. En la oscuridad no existe nada. En la
oscuridad no existe nada...
Agarrándome una mano con otra, bailo al compás de las vocales de un grito ¡A-e-i-ou!
¡A-e-i-o-u! Y al compás monótono de los grillos.
¡A-e-i-o-u! ¡Más ligero! ¡A-e-i-o-u! ¡Más ligero! ¡No existe nada! ¡No existo yo, que
estoy bailando en un pie! ¡A-e-i-o-u! ¡Más ligero! ¡U-o-i-e-a! ¡Más! ¡Criiii-criiii! ¡Más!
Que mi mano derecha tire de mi izquierda hasta partirme en dos —aeiou— para seguir
bailando —uoiea— partido por la mitad —aeiou—, pero cogido de las manos —¡criiii...
criiii!
Los güegüechos oyen mi relato sin moverse, así como los santos de mezcla embutidos
en los nichos de las iglesias, y sin decir palabra.
— Bailando como loco topé el camino negro donde la sombra dice: “¡Camino rey es
éste y quien lo siga el rey será!” Allí vide a mi espalda el camino verde, a mi derecha el
rojo y a mi izquierda el blanco. Cuatro caminos se cruzan antes de Xibalbá.
Sin rumbo, los cuatro caminos érame vedados; después de consultar con mi corazón,
me detuve a esperar la aurora llorando de fatiga y de sueño.
En la oscuridad fueron surgiendo imágenes fantásticas y absurdas: ojos, manos,
estómagos, quijadas. Numerosas generaciones de hombres se arrancaron la piel para
enfundar la selva. Inesperadamente me encontré en un bosque de árboles humanos: veían
las piedras, hablaban las hojas, reían las aguas y movíanse con voluntad propia el sol, la
luna, las estrellas, el cielo y la tierra.


Los caminos se enroscaron y el paisaje fue apareciendo en la claridad de las distancias
enigmático y triste, como una mano que se descalza el guante. Líquenes espesos
acorazaban los troncos de las ceibas. Los robles más altos ofrecían orquídeas a las nubes
que el sol acababa de violar y ensangrentar en el crepúsculo. El culantrillo simulaba una
lluvia de esmeraldas en el cuello carnoso de los cocos. Los pinos estaban hechos de
pestañas de mujeres románticas.
Cuando los caminos habían desaparecido por opuestas direcciones —opuestas están las
cuatro extremidades del cielo—, la oscuridad volvió a esponjar las cosas, colándolas en la
penumbra hasta hacerlas polvo, nada, sombra.
Noche delirante. El tigre de la luna, el tigre de la noche y el tigre de la dulce sonrisa
vinieron a disputar mi vida. Caída el ala de la lechuza, lanzárnosle al asalto; pero en el
momento de ir garra y colmillo a destrozar la imagen de Dios —yo era en ese tiempo la
imagen de Dios—, la medianoche se enroscó a mis pies y los follajes por donde habían
pasado reptando los caminos, desanilláronse en culebras de cuatro colores subiendo el
camino de mi epidermis blando y tibio para el frío raspón de sus escamas. Las negras
frotaron mis cabellos hasta dormirse de contentas, como hembras con su machos. Las
blancas ciñéronme la frente. Las verdes me cubrieron los pies con plumas de kukul. Y las
rojas los órganos sagrados...
—¡Titilganabáh! ¡Titilganabáh! ... —gritan los güegüechos—. Les callo para seguir
contando.
—Aislado en mil anillos de culebra, concupiscente, torpe, tuve la sexual agonía de
sentir que me nacían raíces. La noche era tan oscura que el agua de los ríos se golpeaba en
las piedras de los montes, y más allá de los montes, Dios, que hace a veces de dentista
loco, arrancaba los árboles de cuajo con la mano del viento.
—¡Noche delirante! ¡Bailes en las frondas! Los encinales se perseguían bajo las nubes
negras, sacudiéndose el rocío como caballerías sueltas. ¡Bailes en las frondas! ¡Noche
delirante! Mis raíces crecieron y ramificándose estimuladas por su afán geocéntrico.
Taladré cráneos y ciudades, y pensé y sentí con las raíces añorando la movilidad de cuando
no era viento, ni sangre, ni espíritu, ni éter en el éter que llena la cabeza de Dios.
—¡Titilganabáh! ¡Titilganabáh!
—A lo largo de mis raíces, innumerables y sin nombres, destilóse mi palidez centrina
(Cuero de Oro), el betún de mis ojos, mis ojeras y mi vida sin principio ni fin.
—¡Titilganabáh!
—Y después... —concluí fatigado—, sus personas me oyen, sus personas me tienen,
sus personas me ven...
¡A medida que taladro más hondo, más hondo me duele el corazón!
Pero acuérdeseme ahora que he venido a oír contar leyendas de Guatemala y no me
cuadra que sus mercedes callen de una pieza, como se les hubiesen comido la lengua los
ratones...
La tarde cansa con su mirar de bestia maltratada. En la tienda hace noche, flota el
aroma de las especias, vuelan las moscas turbando el ritmo de la destiladera, y por las pajas
del techo la luz alarga pajaritas de papel sobre los muros de adobe.
—¡Los ciegos ven el camino con los ojos de los perros!... —concluye Don Chepe.
—¡Las alas son cadenas que nos atan al cielo! ... —concluye la Niña Tina.
Y se corta la conversación.

Miguel Angel Asturias.

miércoles, 1 de junio de 2011

Leyendas del Corazón del Cielo en Guatemala


Cuentan los indígenas kekchíes de Cobán que el Tzultaka es el Dios del Maíz, es el Dios de las alturas, de las profundidades, de la abundancia, de los animales.

También es el Señor del Cerro, el Dueño del Mundo. Los indígenas pocomchíes de la región también le llaman Kajal Yuk Quixcab, que tiene el mismo significado.

El Tzultaka siempre ha vivido en una cueva y continúa viviendo en las cuevas y en los cerros de la Alta Verapaz. Tenía una hija llamada Cana Po que se dedicaba a los oficios domésticos y como una buena muchacha también le gustaba tejer y bordaba en sus tejidos todos los acontecimientos del día.

La hija del Tzultaka era la Luna y todos los días pasaba cerca de su casa Xbalamke que era el Sol y quien trataba de impresionarla porque se había enamorado de ella. Para que se diera cuenta de que era un hombre muy importante, pasaba todos los días cerca de la casa llevando como presa un venado. Cada vez que la señorita Luna veía pasar a Xbalamke se sentía impresionada y comentaba que ese hombre era un buen cazador. Un día le dijo a su papá, el Tzultaka que para ella aquel hombre era muy atractivo y que estaba segura que él también le correspondía con el mismo atractivo que ella sentía por él.

El padre le respondió a su hija:

-Hay que tener mucho cuidado con ese hombre, puede ser engañoso; pero debemos analizarlo en alguna forma, hasta que estemos seguros si su actitud es sincera.

En seguida dijo a su hija que el agua del nixtamal donde se cuece el maíz, tirara en el camino por donde acostumbraba pasar Xbalamke. Así lo hizo y cuando aquel pasó muy entretenido viendo a la muchacha Luna, no se dio cuenta de que el terreno que iba pisando estaba muy resbaloso por el agua de nixtamal que había sido tirada, y se resbaló y cayó.

Al momento de caer llevaba nada más un cuero de venado que era el mismo que le había estado sirviendo para engañar a la señorita Luna, que por estar pensando en ella ya no cazaba nada. Cuando cayó se descubrió que era simplemente un engañador y la Luna se rió mucho de él y su padre volvió a confirmarle que siempre debe tener cuidado con los hombres.

Desde ese momento Xbalamke tenía vergüenza de pasar por ahí, por haber fallado en sus intenciones. Desde entonces, siempre rondaba la casa de la luna, sin encontrar la oportunidad de volver a acercarse a ella para manifestarle su amor.

Cuando Xbalamke cayó al suelo también cayó una semilla de tabaco y esta semilla germinó, naciendo una planta que creció y a la que llegaban muchos colibríes para saborear el néctar de sus flores. Al ver esto Xbalamke aprovechó la oportunidad para hablar con el colibrí y le pidió le prestara su plumaje para utilizarlo y así poder acercarse hasta la casa de la señorita Luna.

El colibrí al principio no quiso acceder, pero después de tantos ruegos de Xbalamke lo convenció, ofreciéndole envolverse en unas hojas de ceiba y sólo así le prestó su plumaje. Xbalamke se puso el plumaje y se convirtió en un colibrí y se fue a parar sobre la planta de tabaco donde la señorita Luna lo vió. Lo estuvo viendo durante todo el día y ese día fue cuando apareció el Xakche en los tejidos que la Luna hacía, representando la planta del tabaco.

Cuando había pasado bastante tiempo, y ella había bordado ese motivo en su tejido, llamó a su padre y le dijo que le gustaba mucho ese pajarito que estaba sobre aquella planta y que lo quería. El Tzultaka dijo a su hija que lo iría a cazar con su cerbatana (llamada Pubche) con la cual hizo un disparo al Tzunum (colibrí) con suavidad y solamente se desmayó. El pajarito cayó al suelo y él lo recogió y lo trajo a su hija, quien lo introdujo en la jícara donde guardaba los hilos que le servían para tejer. Cuando el pajarito volvió en sí dentro de la jícara, se sentía muy incómodo y empezó a piar. Ella lo tomó entre sus manos y cuando terminó de tejer, se lo puso sobre su güipil.

Entró la noche y la Luna se fue a dormir. A la media noche el Tzunum se convirtió nuevamente en Xbalamke, tomando su forma natural. Al ver esto la Luna se asustó, pero estaba muy contenta de ver nuevamente a Xbalamke. Él le dijo a ella que llegaba a robársela, pero ella no estaba de acuerdo con eso porque su padre fácilmente los encontraría por medio de su espejo (lem). Xbalamke le dijo que esto lo había previsto y que trajera pom y copal, así como el espejo de su padre. Quemó las resinas y con el humo ahumó completamente el espejo para que el Tzultaka no pudiera verlos a través del mismo y pudiera encontrarlos.

Entonces ella le dijo nuevamente:

-También hay otro obstáculo que es su cerbatana (pubche) y que es muy poderosa...-

El le pidió que fuera a traerla y que además trajera chile y lo moliera. Después echó suficiente chile molido dentro de la cerbatana y la fueron a dejar al mismo lugar donde el Tzultaka la guardaba. Después de esto Xbalamke y la Luna huyeron a media noche.

Al amanecer del siguiente día el Tzultaka llamó a su hija, pero ella no respondió porque ya se encontraba muy lejos, huyendo con su amado. Dispuso cerciorarse del motivo por el cual no aparecía su hija y se dio cuenta que en casa no había nadie. Se imaginó inmediatamente que Xbalamke se la había llevado y se enfureció tanto que inmediatamente fue a buscar su espejo (lem), pero se encontró con que estaba completamente ahumado por el humo del pom y del copal, por lo que no podía ver nada.

Pero Xbalamke cometió un error cuando sostenía el espejo ahumándolo, sus dedos quedaron marcados en el mismo, no permitiendo que esa parte se cubriera de humo y así fue como el Tzultaka pudo observar por donde huían los jóvenes.

Muy enojado por la burla, el Tzultaka dijo:
Con mi poderosa arma yo les voy a dar alcance.

Y agarrando su cerbatana (pubche) aspiró primero bastante aire para soplar con más fuerza y en el momento que hizo esa aspiración, se tragó todo el polvo del chile y cayó al suelo desmayado, porque se estaba ahogando y tosía desesperadamente. Desde entonces apareció la tos en las zonas kekchíes y pocomchíes. Cuando el Tzultaka se repuso y se dio cuenta que no podía alcanzar a los jóvenes con sus propias fuerzas, llamó a su amigo el Cagua Kak, que es el rayo y le explicó la razón de su llamado, pidiéndole que persiguiera a aquellos que se habían burlado de él. El Cagua Kak estuvo de acuerdo en colaborar con su amigo y fue así se apareció en los güipiles de Tactic, de Cobán y de Tamahú y todavía se le conoce como Palic.

Cuando el Tzultaka pidió al Cagua Kuk que persiguiera a Xbalamke (el novio) y a Cana Po, que así se llamaba la hija que era la Luna, estos ya se encontraban cerca del gran lago de Izabal, huyendo de la persecución. Cagua Kak pudo controlarlos y fue en ese momento cuando precisamente encontraron donde esconderse, y la Luna se escondió en la caparazón de una tortura. En ese momento cayó con fuerza el hacha del rayo y partió en mil pedazos la caparazón de la tortuga donde se ocultaba la Cana Po, y con los fuertes vientos y la lluvia los pedazos fueron cayendo dentro del agua.

Entró la noche y al día siguiente, cuando Xbalamke se repuso y salió de la concha, se dio cuenta que su amada Luna estaba hecha pedazos, hecha trizas. Entonces llamó a las libélulas y a los brujos, para que con sus guacales reunieran aquellas partículas y las fueran depositando hasta llenar trece tinajas (las trece tinajas también aparecen en los tejidos de Cobán, Tactic, Tamahú y San Pedro Carchá). Estas tinajas se llenaron con las partículas de la Caná Po y las cubrieron. Xbalamke pidió a una anciana que vivía cerca del lago que le guardara las 13 tinajas y que no fuera a abrirlas, porque él volvería dentro de 13 días.

Durante todo este tiempo la anciana estuvo muy inquieta, no podía dormir ni tenía tranquilidad a consecuencia de que se oía una serie de ruidos, chillidos y cosas muy raras que procedían de dentro de las tinajas, pero no se acercó a curiosear para ver lo que había adentro. Cuando regresó Xbalamke, al décimo tercer día, la anciana se puso muy contenta y le dijo que se llevara inmediatamente aquellas cosas que le causaban mucho espanto.

Xbalamke empezó entonces a destapar una por una las tinajas. Cuando levantó la tapa de la primera tinaja vio sólo serpientes de toda clase; en la segunda había solo animales repugnantes como lagartijas y otros reptiles, la tercera tenía solo animales ponzoñosos; en la cuarta, quinta y todas las demás habían avispas, tábanos, alacranes, arañas, vampiros y otros diferentes animales.

Cuando llegó a la penúltima tinaja Xbalamke pidió a un hombre que se llevara las tinajas que faltaba revisar y su contenido lo echara dentro del agua del lago. Pero este hombre tenía curiosidad por ver el contenido de las tinajas y en el camino abrió una de las tinajas de donde salió una nauyaca (serpiente grande, venenosa y con aspecto de tener cuatro fosas nasales) que lo asustó y del susto salió corriendo y el contenido de las tinajas se fue regando sobre la superficie de la tierra, hasta que se regaron todos los animales que iban a ser lanzados al gran lago.

Cuando la Luna retornó a la vida le faltaba su atributo de feminidad por lo que Xbalamke llamó a un cabro para que le diera la forma de una mujer y después a un venado, para que completara esta obra. La Luna dio al venado la fragancia de las flores y esto molestó mucho a Xbalamke porque sentía celos de él y entonces tomó el almizcle (sustancia odorífera) del ratón para untárselo al venado. Después, complacido por lo que había hecho, tomó de la mano a su amada Luna y se la llevó al cielo como esposa. Ahora, allá en el cielo vive Xbalamke que el mismo Sol que alumbra de día, con la Cana Po, que es la misma Luna que alumbra de noche.

El Sol se llevó al Cielo a la Luna en San Juan Chamelco

En cierta ocasión el Sol tuvo conocimiento que en un lugar lejano había una patoja muy linda y hermosa, que era tejedora y vivía con su padre. El Sol dispuso un día ir a buscarla porque si era bonita podría casarse con ella y cuando la encontró, quedó maravillado de ver tanta belleza que dispuso enamorarla.

Para impresionar a la patoja el Sol le llevó a obsequiar unos venados que le dijo había cazado, pero estos no eran de verdad sino que eran sólo los cueros rellenos de ceniza que aparentaban ser los cuerpos. La patoja emocionada ante la cortesía de su enamorado, preguntó a su papá:

-¿Papá, será cierto que es cazador y que caza muy bien? Le dijo la hija a su papá.

-Vamos a probarlo le respondió el papá a su hija.

El padre agarró tres ollas de nixtamal y las regó sobre el suelo y cuando pasó el sol por ese lugar, se resbaló y cayó. Los venados le cayeron encima y como eran cueros rellenos de ceniza, se reventaron. La patoja se dio cuenta que los venados no eran de verdad y al ver el engaño de su enamorado, se enojó tanto que lo echó de su casa.

El Sol se quedó azorado por lo sucedido y ante el repudio de la patoja, se puso a llorar.

-Ya no tengo nada que hacer... dijo el enamorado.

Pero el Sol, que se sentía muy enamorado, recordó que tenía poderes especiales y para llegar a la patoja dispuso transformarse en un pajarito gorrión. Como la patoja tejedora era bonita y hermosa, el Sol convertido en gorrión voló hasta donde estaba ella para contemplar su belleza.

-Rin, rin... cantaba el gorrión contento de ver a la patoja, y llegó a posarse sobre el lazo que sostenía su telar.

La muchacha se impresionó al ver al gorrión, le dijo a su papá:

-Papá, aquí hay un pajarito muy bonito... Mátalo, mátalo para mí”... –le dijo la muchacha a su padre.

El papá que consentía tanto a su hija, le respondió:

-Está bien hija...le dijo el padre a su hija.

Al mismo tiempo el padre de la muchacha agarró su cerbatana y de certero disparo hirió al pajarito que cayó por los suelos.

La muchacha al ver herido al gorrión, lo auxilió, recogiéndolo y al mismo tiempo que contemplaba su plumaje, exclamó:

-Es muy bonito dijo la muchacha.

-Que te quede hija le dijo su papá.

El pajarito, como era un gorrión de plumaje muy bonito, le gustó tanto a la patoja y se lo llevó a su habitación, para cuidarlo y jugar con él. Al llegar la noche, la muchacha contemplando al gorrión se durmió tranquilamente, y el pajarito aprovechó la ocasión para convertirse nuevamente en un hombre. Cuando ella despertó aquel hombre le dijo a la muchacha que él era el Sol y que ella era la Luna. Y al mismo tiempo que enamoraba a la muchacha, le ofrecía hacerla su esposa.

-Ahora estoy contigo... le dijo el Sol a la Luna.

La muchacha impresionada al saber que su pretendiente era el Sol y ella era la Luna, también se enamoró de él.

-Nos vamos a huir, le dijo el Sol a la Luna.

-Está bien... le respondió la Luna, que fácilmente se convenció para acompañarlo.

Los dos amantes se fueron y se escondieron metiéndose en una laguna grande.

El padre de la patoja asustado al no encontrar a su hija, preguntó a su mujer:

-Dónde está mi hija... le dijo.

-No está... le respondió la esposa.

-Voy a buscar un palo... dijo el papá, porque ese pájaro es un hombre malo que se robó a nuestra hija, y voy a buscarlo para matarlo.

Agarró su cerbatana y apuntó hacia el lugar por donde habían huído los jóvenes y aspiró fuertemente para halar a su hija, pero se le trabó el aire en la garganta y no logró su objetivo. Se quedó tosiendo fuertemente y exclamó:

-Esto es la tos ferina... dijo el padre asustado.

El padre de la Luna llamó rápidamente al relámpago y le pidió ayuda:

-Mi hija se huyó pero te ruego que mates al hombre que se la llevó”.

El relámpago rápidamente se convirtió en el trueno para buscar a los jóvenes que huían. Cuando el relámpago los encontró dejó caer la descarga de un rayo muy fuerte sobre los jóvenes. El Sol se escabulló y se escondió, metiéndose bajo las aguas del mar, pero el relámpago mató a la patoja.

Volvió a salir el Sol y vió en las aguas del mar la sangre de su mujer la Luna. Llorando desconsoladamente, llamó a unos pájaros y les dijo:

-Me recogen toda la sangre de la Luna y me la guardan... les dijo el Sol sollozando y se metió en una concha de tortuga, para ocultarse.

Los pájaros recogieron la sangre de la Luna y la pusieron en un tecomate, dejándolo juntamente con otros tecomates que eran 13 por todos, y se retiraron. Pero el Sol no sabía en cual de todos los tecomates se encontraba la sangre de la Luna y se puso a buscarla, porque sabía que en uno de esos tecomates tenía que encontrar a su mujer.

Tentó (de tocar) el primer tecomate y encontró una culebra; en el segundo, había ratas; en el tercero, lagartijas; en el cuarto, ranas; en el quinto, sapos; en el sexto, ra kox (no se le encontró traducción); en el séptimo, gusanos; en el octavo, culebras tamagás (cierta serpiente venenosa); en el noveno, una concha de tortuga; en el décimo, pescados, en el undécimo, mariposas, en el duodécimo, murciélagos y hasta en el décimo tercer tecomate encontró a su mujer la Luna.

Cuando el Sol encontró a la Luna exclamó:

-Yo soy el Sol, el marido de la Luna, y llamó a su mujer y se la llevó al cielo.

El padre de la muchacha agarró su lente (anteojo) para ver de lejos hasta donde estaba su hija, pero ya no la vio porque el sol se la llevó en una bolsa.

El Sol ascendió al cielo llevándose a la Luna y su espíritu, se lo llevó a Dios como Ser Divino.


Celso A. Lara Figueroa

miércoles, 9 de marzo de 2011

La segua.


Existen varias leyendas de la Segua o la Siguanaba. Una de ellas cuenta que es una joven muy linda, que persigue a los hombres mujeriegos para castigarlos.

Se aparece de pronto en el camino pidiendo que el jinete la lleve en su caballo, pues va para el pueblo más cercano. No hay hombre que se resista a su ruego y a su belleza. Hay quienes le ofrecen la delantera de la montura y otros la llevan a la polca.

A ella le da lo mismo. Pero a medio camino, si va adelante vuelve la cabeza y si va atrás hace que el jinete la vea. Entonces aquella hermosa mujer cambia de rostro.
Su cara es como la calavera de un caballo, sus ojos echan fuego y enseña unos dientes muy grandes, al mismo tiempo que se sujeta como un fierro al jinete. Y el caballo, como si se diera cuenta de lo que lleva encima, arranca a correr como loco, sin que nada lo pueda detener.
Otras leyendas cuentan que las Seguas son varias. Y siempre anda uno que otro anciano que asegura que cuando él era joven atrapó a una Segua. Pero que una vez atrapada y echa prisionera se les murió de vergüenza. Y que al día siguiente no encontraron el cadáver, sino solamente un montón de hojas de guarumo, mechas de cabuya y cáscaras de plátano.

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